La micro no la creó Milei: la heredó
Murieron los consultores macro
ARGENTINA
Eric Lurig
10/13/20265 min read
Murieron los consultores macro
La micro que hoy ocupa todas las conversaciones no es obra de este gobierno: es una herencia. Lo que hizo Milei fue ordenar la macro, y al ordenarla dejó a la vista lo que estaba roto abajo.
Hace dos años no se hablaba de otra cosa que del dólar, la brecha, la inflación, la deuda que no se podía pagar, las transferencias al Tesoro, los adelantos transitorios y el déficit fiscal. Hoy casi nadie los menciona. Murieron los consultores macro y ahora son todos consultores micro.
La pregunta conceptual es de quién es la micro que vemos. ¿La creó el modelo actual, o ya estaba ahí y recién ahora se puede mirar? Mi tesis es lo segundo, con un matiz importante que desarrollo más abajo.
Lo que se heredó
Milei recibió una macroeconomía casi rota y la ordenó. Pero el desorden macro de años no solo se vio en los precios: moldeó la microeconomía entera, y esa deformación quedó cuando la macro dejó de gritar.
La Argentina tiene hoy una microeconomía muy deteriorada, con tres frentes claros:
*Un problema de productividad. (Se entiende por micro la capacidad de producir más con lo mismo, y ese músculo se atrofió.)
*Un problema impositivo. (La carga y la complejidad le pegan a cada empresa, no a la economía en general.)
*Un cambio en la canasta de consumo. (Cuando cambian las reglas macro, cambia qué compra la gente y por qué.)
Este último es el menos obvio. Un esquema macro distorsionado produce una micro distorsionada, y los dos ejemplos que siguen muestran cómo.
Lo que si es de este Gobierno
Con tasas reales positivas, un tipo de cambio sin la distorsión anterior y menos protección, cambian los ganadores y los perdedores. Los sectores que vivían de una renta del esquema viejo la pierden, y los que producían sin eficiencia empiezan a notarlo.
El costo de esa transición sí es consecuencia de las decisiones actuales. Un crítico lo diría así: la macro se ordenó sobre la espalda de la micro, y eso explica la caída del consumo y de la actividad en algunos sectores. Es un argumento serio y conviene aceptarlo.
Mi lectura es más precisa. El gobierno no creó la micro rota, la destapó, y la factura de destaparla es suya. Son dos afirmaciones distintas y las dos son ciertas.
Primer ejemplo: sin cepo cambia lo que se compra
La liberación del cepo cambió el patrón de consumo. Durante años, para cuidar el valor de los pesos, la gente compraba y stockeaba lo que fuera: vino, atún, cualquier cosa que no se deteriorara. Consumo que, en realidad, era ahorro disfrazado.
Ahora el ahorro sube y el consumo cae. Esa caída tiene una parte buena: se dejan de mandar señales de precios falsas. Primero uno se atraganta de dólares, y recién cuando tiene suficientes empieza a invertir y a consumir en otros puntos.
El problema es el tiempo. Esa paciencia de esperar a que el ahorro se acomode puede llegar a fundirnos si el ajuste dura más de lo que la cadena de pagos aguanta. Vuelvo sobre esto al final.
Segundo ejemplo: la construcción y su máquina de cuasidólares
Con cepo, los constructores tenían una máquina de imprimir cuasidólares. Los ahorristas salían corriendo a comprar lo que fuera para no quedarse con pesos. Alguien compraba un terreno, lo multiplicaba por diez, lo ponía en un fideicomiso y lo vendía en preventa.
Con la preventa se financiaba todo el edificio, bajo el relato de que te financiaba en 36 cuotas.
Acá aparece algo raro. En la economía normal, financia el que entrega el producto terminado. Si compro un Fiat Cronos, la fábrica me da el auto y me financia el pago. En la preventa pasa al revés: yo le doy la plata al constructor para que construya el producto. ¿Quién está financiando a quién?
Era una compra de dólares encubierta en un inmueble. El constructor se llevaba la ganancia del terreno y, además, una ganancia financiera. Y las empresas y pymes que no podían ir a comprar dólares también se volcaron a este mercado.
El resultado fue una sobreoferta de cuasidólares. Quienes construían para poder comprar dólares de alguna forma hoy tienen un edificio que no se vende, y el mercado tuvo que digerir todo eso durante estos dos o tres años.
Un edificio terminado no vale lo mismo que el edificio que voy a terminar dentro de tres años. La diferencia básica es el costo de oportunidad: mientras espero, sigo pagando alquiler.
La cuenta del pozo


Si voy a pagar entre 500 y 1.000 dólares de alquiler por mes, el departamento a tres años debería valer como mínimo 18.000 dólares menos que el que ya está hecho y listo para usar. Ese es el piso del descuento, no el techo.
A esa cuenta hay que sumarle el capital inmovilizado, que durante tres años no rinde ninguna otra cosa, y el riesgo de obra: demoras, sobrecostos o que el proyecto no se termine. Con todo eso, el descuento justo del pozo es bastante mayor al 10% que se ofrecía.
Sin cepo, la preventa no fluye
Ahora se empieza a construir de nuevo, pero la preventa no se mueve. El motivo es simple: ya no hay cepo y se puede ir al dólar libre.
El consumidor final se sienta con el desarrollador y pregunta. Le dicen, por ejemplo, que el metro cuadrado terminado cuesta 2.300 dólares, pero que va a valer 3.000. ¿Con qué base? Es como si me sentara con un cartel a asegurar que el Banco Galicia va a valer 150 dólares. Es otro cuento.
Antes ese "va a valer más" se sostenía solo, porque había una demanda de cobertura empujando los precios. Hoy esa demanda no está, y el precio futuro es apenas una promesa.
El razonamiento del comprador es concreto. Si compro en pozo, tengo que seguir alquilando. Si no compro ese, puedo comprar uno ya hecho por 100, 150 o 300 dólares más. Con esa diferencia a la vista, el pozo pierde.
Y el constructor ya no tiene financiamiento gratis.
Quién financia ahora
El gran cambio para el constructor es que ahora tiene que buscar a alguien que lo financie: personas, empresas o entidades. El financiamiento ya no llega gratis desde el comprador de preventa, y quien pone el capital cobra un retorno real por ponerlo.
Un ejemplo de cómo podría funcionar. Se sientan el constructor y SmartChoice.
SmartChoice paga 1.200 dólares el metro cuadrado. Cuando la obra se termina y se vende, la ganancia financiera se la lleva SmartChoice, y el constructor se queda con la prorrata del terreno.
El orden de los roles se invirtió respecto del esquema anterior. Antes financiaba el comprador final sin saberlo, y se llevaba el riesgo sin cobrar por él. Ahora financia un actor que evalúa el proyecto, fija un precio de entrada y cobra por el riesgo que asume.
Conviene ser claro con ese riesgo. Quien financia no se queda con la ganancia de forma automática: también asume el riesgo de precio, de plazo y de obra. Y la estructura legal (fideicomiso, quién es el sponsor, quién es el fiduciario) es parte del producto, no un detalle.
El riesgo de la paciencia
La micro de hoy es una herencia, y lo que vivimos es su digestión. La macro ordenada dejó de tapar los desequilibrios de abajo: consumo que era ahorro, edificios construidos para comprar dólares, productividad atrofiada y una carga impositiva que pesa sobre cada empresa.
El ajuste tiene lógica y en parte es sano. Pero tiene un riesgo que no hay que subestimar. Esperar a que el ahorro se acomode y a que el consumo y la inversión vuelvan por su cuenta puede llevar más tiempo del que muchas empresas pueden financiar. Si el ajuste dura más que la cadena de pagos, la paciencia nos funde.
Por eso la discusión que viene no es macro. Es de productividad, de impuestos y, sobretodo, de quién pone el capital y a qué precio, ahora que financiar ya no sale gratis.
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Sin cepo, la preventa no fluye
